Ahora que pienso en Alberto, solo pienso en coincidencias hermosas, de hermandad espiritual y musical; en ese mundo de profundas conexiones, pero también de contradicciones.
Nos unía un universo musical y emocional que sabíamos retroalimentar. En nuestras conversaciones: en lo cotidiano, en lo crítico, en lo más ordinario y extraordinario de nuestras vidas y en el mundo musical compartido.
Además, Alberto, en su calidad de director musical, siempre tuvo esa hermosa gentileza de programar y dirigir bellamente mis obras y lo hizo muchas veces… Eso es algo que siempre le sabré agradecer profundamente.
Conocí a Alberto cuando lo invitaron a la convocatoria para director de la vieja Orquesta Sinfónica de Antioquia, en Medellín; donde vino a vivir, por varios años, en la ciudad. Desde ese momento hicimos una conexión, una amistad, casi un parentesco, que fue creciendo con el tiempo.
Alberto era un músico y un hombre de convicciones firmes; no por capricho sino por conocimiento y razón. Conocía profundamente el lenguaje musical universal de nuestra música occidental, y también estaba conectado con nuestras tradiciones musicales y sus posibles conexiones con lo que llamamos música de arte, (Si todo eso todavía tiene algún significado con el pensamiento casi virtual de nuestros tiempos…).
Era un hombre siempre crítico, hasta el extremo inentendible de crearse pocos adeptos… Alberto podría parecer ser radical, pero no lo era. Siempre tenía raíces certeras y profundas en sus cuestionamientos y en sus críticas.
Compartí con él sus principios estéticos y musicales, aún con algunas diferencias racionales. Lástima no poder seguir discutiéndolas ahora…
Alberto Guzmán siempre fue lo que fue: Un gran músico, compositor y director. Un hombre íntegro; y sobretodo mi amigo incondicional. Lo extrañaré SIEMPRE.
Andrés Posada
24 de junio de 2026